Un encuentro feliz

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Un encuentro feliz. Relato de Olga Marqués Serrano

 

Cuando llegó a la parada del autobús, él ya estaba allí. A lo lejos había visto como se aproximaba un autobús que la dejaba cerca de su casa. Sofocada y a la carrera se puso en la fila.

Se coló. Lo hacía con frecuencia, se le daba bien. Le oyó hablar, volvió la cabeza para ver si protestaba, pero le estaba diciendo que tenía que ponerse más adelante, que estaba en la fila equivocada.

Situada donde debía, mientras hacía tiempo, se giró para ver la Gran Vía iluminada y al hombre, que no paraba de hablar con una verborrea incontenible. Le observó con detenimiento y calculó su edad, tendría unos 75 o 77 años. Su aspecto era muy extraño. Se fijó en su indumentaria, parecía que la ropa estaba limpia   pero iba muy desaliñado; llevaba la cabeza cubierta hasta la frente con un gorro de lana que resaltaba su parecido con un vagabundo, un menesteroso recorriendo las calles en busca de trastos y comida.

Cuando pasó el control de la tarjeta, no supo hacerlo, había una nueva máquina, pero él estaba allí para ayudarla. El tema de las maquinas suplantando al ser humano y deshumanizándolo, fue su conversación. Lo sabe bien porque ocupó frente a ella un asiento de minusválido que estaba vacío.

Comentó de una forma muy precisa una serie de oficios y profesiones en los que el trato humanitario había desaparecido. Incluyó, ¡cómo no! los médicos, que antiguamente eran casi un miembro más de la familia. Cuando se les llamaba para ver a un enfermo, después de explorarlo, se sentaban a conversar con la familia, tomándose un café que aceptaban encantados.

Mientras hablaba la miraba con fijeza, y ella tenía que hacer un esfuerzo para no cerrar los ojos, ya que, con el ronroneo de la conversación, se estaba quedando literalmente transpuesta. De repente se quedó en silencio y vio como observaba a la gente que estaba a su alrededor, la mayoría abstraída con el móvil. Por la mirada de disgusto que tenía se alegró de no haber sacado el suyo.

Entonces, abordó el uso inadecuado de los móviles. Algo que comentó y expuso muy bien:  ahora la gente apenas habla por teléfono, solo se comunica por mensajes. Y se perdían lo mejor, escuchar la voz de la persona con quien hablaban, intuir por el tono su estado emocional, si están alegres o tristes; si lloraban percibían su dolor, si reían, su alegría. Qué razón tenía, con alguna gente ya nunca hablaba, el contacto siempre era a través de chats. Y cómo había disfrutado hablando por teléfono con sus amigos, que reían cuando ella hacía comentarios graciosos, y ahora, se contentaba con leer: jajajaaa o lo que fuera, porque cada uno lo escribía como le daba la gana. ¡Menuda mierda!

También, y no sabe porque, sacó un tema relacionado con la antigua Grecia. Era un hombre documentado, instruido, sabía de lo que hablaba. Y ya, más animado hizo algunos comentarios personales: tenía 90 años, ¡¡alabado sea Dios, que bien se conservaba!!, y no era pensionista, no recibía ninguna pensión del estado, siempre había sido autosuficiente.

Picada por la curiosidad, fue directa al grano

_ ¿Y a que dedica su tiempo?

_ Soy pintor

_ ¿Pintor? ¿Y vende lo que pinta?

Intuyó que se estaba cabreando, la miró y paso al ataque.

_ ¿Y porque tengo que vender lo que pinto? Lo hago por placer.

_ ¿Si no vendo mi obra, no me considera un artista? preguntó.

_ ¿Y los poetas? ¿Que venden los poetas? Y muchos son grandes artistas, agregó sin darle tiempo a contestar.

Decidió tener la fiesta en paz. Avenirse a lo que decía. Así que también hizo un comentario personal.

_ Pues yo he escrito algunos libros de pintura.

Rápidamente notó la curiosidad en sus ojillos.

_ ¿Es pintora?

_ No, soy médico.

_ ¿Médica? fue su rápida respuesta, para preguntar a continuación

_ ¿Dermatóloga?

No dijo nada, porque la sorpresa no la dejo. Pero iba a sorprenderla aún más.

_ ¿Sabe una cosa, doctora?  Me gustó mucho ‘Las heridas en la pintura’. Lo compré en una librería médica.

_ Y que bien editado está. Y las biografías de los pintores, tan llenas de anécdotas, tan entretenidas.

_ Cuanto esfuerzo, ¿Verdad?

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Y tanto. Ese libro consiguió lo que parecía imposible, doblegarla. Y nunca entendió los motivos que la llevaron a hacerlo. Recordó cómo escribirlo casi le costó una enfermedad por agotamiento. El libro, inabarcable, no paraba de crecer y crecer, como un monstruo que quisiera devorarla. ¿Y las biografías de los artistas que le habían entretenido y acompañado? al final, no las soportaba. Y fue una suerte ese rechazo pues le obligó a terminarlo.

_ Si. Y total para qué. Que poca gente lo ha leído, contestó.

_ Pues yo lo he leído, doctora. Y tengo un amigo médico que también lo ha leído. Ya somos dos, dijo intentando consolarla.

Sonrió emocionada. Ese comentario maravilloso le hizo comprender, de una vez por todas, que sus esfuerzos sí habían merecido la pena. Por ella misma, que tanto había aprendido, y por las personas -y daba igual el número- que habían compartido lo que había escrito.

Se levantó, estaba llegando a su parada. Con un impulso se volvió y le pregunto cómo se llamaba. José, fue su contestación.

Trabajó ahí, dijo señalando el hospital que tenía frente a ella, si quiere puede pasar un día y le regaló algún libro. El miró hacia donde señalaba, sonrió y dijo el nombre del hospital.

Se abrió la puerta. Al salir tuvo el impulso de tirarle un beso con los dedos, pero se contuvo. Que estuviera contenta no le daba derecho a hacer tonterías.

Lentamente se dirigió hacia su casa, pensando en su vecino de asiento, al que había confundido con un vagabundo y con el que no había hecho otra cosa que confraternizar desde que llegó a la parada del autobús. Un sabio que entendía de la vida, y que el azar había puesto ante ella para darla una lección de lucidez, sensatez y cordura.

 

 

Un encuentro feliz. Portada de este relato de Olga Marqués

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