Museo Nacional de Escultura. Exposición de Alonso Berruguete. Valladolid.

Palacio Villena, sede de la exposición

Desde el 5 de julio y hasta el 5 de noviembre se muestra en el Palacio de Villena de Valladolid, que forma parte del Museo Nacional de Escultura, la exposición: “Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana”, con casi setenta obras, divididas en cinco secciones temáticas.

Alonso Berruguete (1490-1561) el primer escultor del Renacimiento español, viajó a Italia a los 16 años, estableciéndose entre 1506 y 1518 en Florencia y Roma. En esa época el movimiento humanista que surge en Europa, ligado al Renacimiento e inspirado en la filosofía de la época clásica y las teorías idealistas de Platón, está en su apogeo, y abarca a todas las facetas artísticas. El joven escultor, influido por Miguel Ángel, Rafael y Bramante, se convierte en un hombre del Renacimiento y aprende una nueva forma de representar el arte, que solapará y reinterpretará posteriormente en muchas de sus obras religiosas. La exposición así lo demuestra, al comparar la afinidad que hay entre sus composiciones místicas con otras clasicistas de la época, siendo el grupo escultórico de Laocoonte, del que Berruguete realizó un vaciado, la obra en la que se valora más este hecho.

La exposición, bien estructurada, estudia desde un punto de vista diferente la vida y la obra del gran artista español, y tiene un aliciente añadido: se encuentra frente al Colegio de San Gregorio, sede principal del Museo Nacional de Escultura, que es de absoluta visita obligada.

El Colegio de San Gregorio, fundado a finales del siglo XV por el dominico Fray Alonso de Burgos, es el monumento histórico más importante de la ciudad y encarna como ningún otro el momento de esplendor que vivió Castilla con los Reyes Católicos. Su fachada, que junto a la escalinata y al patio impactan al visitante por el refinamiento y preciosismo de su copiosa ornamentación, está atribuida a Gil de Siloé y asemeja a un retablo de piedra. En él se mezclan figuras decorativas, santos, ángeles, el Árbol de la vida, la Flor de Lis, coronado por el escudo de los Reyes Católicos sostenido por dos leones. En las jambas y en los contrafuertes hay hombres salvajes cubiertos de pelos, con escudos y mazas, que han sido valorados como guardianes del edificio. Curiosamente los que se encuentran en la parte superior no tienen vello pudiendo representar a indígenas llegados del Nuevo Mundo. El patio, de planta cuadrada y dos alturas, con arcos ornamentados, es una joya del estilo hispano-flamenco; el acceso entre los dos pisos es a través de una escalera en la que se mezclan la tracería gótica del balaustre, el almohadillado renacentista de los muros y el artesonado mudéjar.

El Colegio que abrió de nuevo sus puertas en 2009, tras haber sido sometido a una total rehabilitación, es hoy un Museo esplendido, en el que la modernidad y la comodidad se han fusionado para conseguir que el visitante se sienta cómodo y feliz disfrutando de una colección de esculturas, única en el mundo, que resaltan en sus salas, blancas y diáfanas, de hermosos artesonados.

La visita comienza con la Capilla, realizada en 1490 por Juan Guas y Juan de Talavera, donde se encuentra el retablo que hizo Berruguete para el Monasterio de Mejorada de Olmedo y las estatuas orantes de los Duques de Lerma, obra en bronce de Pompeyo Leoni. Después, hay que situarse en el patio ya que las veinte salas en las que se distribuye la exposición se encuentran alrededor de sus dos plantas; en ellas se muestra una selección de obras de los mejores escultores e imagineros castellanos, que van desde el Gótico al Renacimiento y al Barroco.

Si se cuenta con poco tiempo, no hay que perderse el gran Retablo de San Benito el Real, de Alonso Berruguete, la sillería del Monasterio de San Benito, Entierro de Cristo, de Juan de Juni, Magdalena penitente, de Pedro de Mena y las esculturas de Gregorio Fernández.

A la salida del Museo no se pueden evitar algunas preguntas: ¿Que hacen las sibilas en el retablo de San Benito anunciando el nacimiento de Cristo? ¿Y que hace el rey Melchor en la tabla de la Epifanía, que, en vez de adorar al Niño, acaricia con delicadeza a su bella y sensual madre, que recuerda a una cariátide? ¿Es la cortesana Filis la que está cabalgando sobre Aristóteles, en el medallón de la predela del retablo de Mejorada de Olmedo? Con esto, por lo menos para mí, la exposición ha conseguido situar al artista junto a los genios más admirables de todos los tiempos.

Si aún queda tiempo, hay que acercarse a la Casa del Sol, tercer edificio integrado en el MNC, a unos 200 metros. Acoge, desde el 2011, la colección del Museo Nacional de Reproducciones Artísticas, integrada por más de 3.500 copias, muy valoradas por su antigüedad y su fidelidad en los vaciados. Y no hay que olvidarse de hacer una última parada ante la fachada de la Iglesia de San Pablo, que se encuentra justo al lado.

 

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