Salamanca, ciudad patrimonio de la humanidad

Vista de Salamanca. Detalle. Escapada de Olga Marqués

Unos kilómetros antes de llegar, si vienes desde Madrid o Ávila, divisas en la lejanía las torres de las dos catedrales de Salamanca. Pero, es al girar para cruzar el puente que atraviesa el río Tormes, cuando aparece en todo su esplendor su doble silueta, y, en frente, San Esteban.

Por eso, el viajero que llegue por primera vez a Salamanca, sabe, sin haber entrado aún en ella, que hay en el mundo ciudades únicas, diferentes y hermosas, y está, ante una de ellas.

En esta escapada se sugiere un itinerario planificado para poder visitar la ciudad siguiendo la ruta más cómoda e incluyendo los monumentos más representativos. Después, el visitante podrá no hacerla, hacerla completa, o seleccionar lo que prefiera dependiendo de sus gustos y el tiempo con el que cuente, que, al menos, debería incluir dos noches en la ciudad, es decir un fin de semana completo.

La visita debe de comenzar por la Plaza Mayor, que es el corazón de Salamanca. Diseñada en estilo barroco por el arquitecto Alberto Churriguera, está considerada la plaza más hermosa y armoniosa de España. En ella sobresale el Ayuntamiento rematado con una espadaña y un cuerpo de campanas, el Pabellón Real y arquerías decoradas con medallones que muestran imágenes de reyes y personajes ilustres.

Saliendo por la Plaza del Corrillo, con sus soportales de piedra, nos encontramos con la iglesia románica de San Martín, recientemente rehabilitada, que merece una visita. Seguimos por la Rúa Mayor, y, de pronto, aparece ante nosotros una construcción sorprendente: la Casa de las Conchas. De estilo gótico, decorada con unas 400 conchas de Santiago y hermosas ventanas isabelinas, posee en su interior un patio de doble galería. Frente a ella se encuentra La Clerecía, sede de la Universidad Pontificia, en la que sobresalen sus dos torres gemelas. En su interior no hay que perderse la iglesia con un espectacular retablo barroco de Juan Fernández, y el Ecce Homo de Luis Salvador Carmona.

Desde aquí, tomando la calle Libreros, llegaremos a uno de los rincones más hermosos de Salamanca, una plazuela presidida por la estatua de Fray Luis de León y rodeada de importantísimos edificios del arte plateresco: el Patio de las Escuelas.

Si te sitúas en el centro, la vista rápidamente se dirige a la Universidad. La fachada plateresca de las Escuelas Mayores, finalizada en 1529, es una obra cumbre del Renacimiento español. En el retablo de piedra con una abigarrada sucesión de escenas y grutescos, destacan Venus y Hércules rodeados de medallones que representan las virtudes, y los escudos de los Reyes Católicos, de Carlos V y del Imperio con la hoz y las flechas. Pero, en este extraordinario tapiz de piedra, el motivo más famoso (y que todo el mundo quiere encontrar) es una pequeña rana que simboliza el pecado de la lujuria y reposa sobre una calavera.

Entras a la Universidad y te encuentras en el patio, con sus artesonados mudéjares y una maravillosa escalera de crucería estrellada, decorada con motivos florales y escenas de danzas. A él se abren la capilla, la biblioteca, y aulas importantes como la de Unamuno, la del maestro Salinas y el Paraninfo. Pero lo que llena de emoción y sobrecoge es el Aula en la que el agustino Fray Luis de León enseñaba teología, que se conserva intacta y donde aún parecen resonar, tras pasar varios años en la cárcel, sus conmovedoras palabras: “decíamos ayer…..” que te coloca en el punto exacto de la relatividad de la vida.

Así mismo, en el Patio de las Escuelas se encuentran otros dos edificios singulares: el Hospital del Estudio y las Escuelas Menores, ambos con fachada plateresca decoradas con caladas cresterías. El Hospital del Estudios fue construido como hospital para estudiantes pobres, y hoy es la sede del Rectorado; las Escuelas Menores con un patio de una sola planta alberga el Museo Universitario, en una de cuyas salas se muestra una parte de la famosa pintura mural de Fernando Gallego, el Cielo de Salamanca con planetas y signos del zodiaco.

Después de esta visita, a no ser que el viajero sea un adicto absoluto al arte y haya entrado en una especie de trance (cosa que dudo) hay que hacer una parada para comer. La calle de la Rúa, y todas sus adyacentes están saturadas de terrazas de comida, para todas las economías y gustos. Un restaurante recomendable es El Doze, en el nº 3, pero hay que rascarse un poco el bolsillo. Otros buenos restaurantes, también cercanos, son: Río de la Plata, Casa Paca, El mesón de Gonzálo, Cuzco Bodega, Don Mauro y La cocina de Toño, que es un referente en Salamanca.

Tras la comida y el café, relajados y tranquilos, se retoma una vez más la calle la Rúa para llegar a la plaza de Anaya, lugar inmejorable para contemplar en todo su esplendor la fachada norte de la Catedral Nueva con la Puerta de Ramos, aunque es al oeste y peor situada, donde se encuentra la fachada principal, que, con su Puerta de la Epifanía, es deslumbrante. Tras ella, aparece la Catedral Vieja, eclipsada por la grandiosidad de la Nueva. Este conjunto formado por dos catedrales unidas es insólito y es Plasencia la única ciudad qué no siendo capital, las tiene.

Es mejor, para no saturarse, visitar las catedrales al día siguiente, aunque, eso sí, hay que seguir viendo arte. Desde la calle de San Pablo llegamos a la plaza del Concilio de Trento presidida por la estatua de San Francisco de Vitoria, otro rincón emblemático de la ciudad, donde se encuentran los conventos dominicos de las Dueñas y de San Esteban. El convento de las Dueñas es de visita obligada por su magnífico claustro con una singular planta pentagonal e irregular y capiteles de una gran riqueza y fantasía decorativa. El convento de San Esteban tiene una impresionante fachada plateresca (¿cuántas van?) y un pórtico que recuerda a las logias renacentistas italianas. Se visita la iglesia en la que sobresale el gran retablo barroco de José Benito de Churriguera, y, sobre todo, la Escalera realizada por el gran artista Rodrigo Gil de Hontañón, que utilizó una técnica novedosa en voladizo, apoyándola solo en los muros.

Y otra vez en la calle San Pablo pasaremos ante el Palacio renacentista de Fonseca con un patio adornado con atlantes y bellos capiteles, para continuar hasta la Plaza Mayor donde descansaremos y planificaremos la tarde- noche que nos queda. No hay pérdida, si se decide por una cena de pinchos y algunas copas.

A la mañana siguiente, aunque se haya desayunado, otro café para programar el itinerario, viene de cine. De nuevo hay que dirigirse a la parte antigua de la ciudad, y, esta vez, hay que empezar el día visitando el interior de las dos catedrales.

La Nueva nos espera con una sorpresa: su grandiosa, esbelta y exquisita decoración de interiores. Comenzada en 1513 por el maestro Juan Gil de Hontañón, en un principio se pensó construir sobre la catedral existente, pero alguien parece que tuvo una idea genial: conservar la Catedral Vieja para mantener el culto. Teniendo en cuenta que las obras se finalizaron en 1733, no pudo tener mejor ocurrencia.

Estos dos siglos de construcción explican la variedad de estilos que la enriquecen: Gótico tardío, Renacentista y Barroco. El interior, de planta rectangular, con tres naves y dos más de capillas con hornacinas, está cubierta con bóvedas de crucerías estrelladas que alcanzan en el crucero su mayor belleza arquitectónica. En el coro se conservan un órgano barroco y otro plateresco, y entre las capillas destaca La Capilla Dorada o de Todos los Santos, decorada con más de cien estatuas de personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento.

La Catedral Vieja, adosada a la Nueva, se construyó en el siglo XII y tiene una planta de cruz latina, con tres naves y un cimborrio: la popular Torre del Gallo. En ella sobresale el bellísimo retablo de la capilla mayor, con 53 tablas que muestran escenas de la vida de Cristo, pintadas en 1440 por el artista italiano Dello Delli. En la parte superior del ábside, hay una extraordinaria pintura al fresco, El Juicio Final, obra de Nicolao Florentino, hermano de Delli.

A la salida, no hay que olvidar que desde el patio Chico hay una vista privilegiada de la famosa Torre del Gallo, con tejas superpuestas que recuerdan a escamas. Aunque en Zamora y Toro hay torres semejantes, ninguna es tan esbelta como la que contemplamos. Y, es de nuevo la Catedral Vieja de Plasencia quien comparte un Cimborrio semejante, al que llaman Torre del Melón. También se puede hacer una pequeña parada en el Huerto de Calisto y Melibea, un bello jardín pegado a la antigua muralla, sobre el rio Tormes, donde Francisco de Rojas, en el año 1502, situó los amores de los protagonistas de su novela.

Desde la Plaza de Anaya se toma la calle Compañía para llegar al convento de las Agustinas Recoletas, en cuya iglesia hay varias pinturas de Ribera, destacando una bellísima Inmaculada Concepción, en la que se aprecia un estilo luminoso y colorista alejado del tenebrismo habitual del artista. Frente al convento se encuentra el Palacio de Monterrey, Bien de Interés Cultural y uno de los máximos exponentes del estilo Plateresco. Y ya, por último, nos dirigimos al Colegio del Arzobispo Fonseca, una de las joyas del Renacimiento español, en donde sobresalen la portada con un relieve de Santiago Matamoros, el patio con esplendidos capiteles, y la capilla con un retablo del gran escultor Alonso Berruguete.

Volvemos hacia la Plaza Mayor para buscar un sitio donde reponer fuerzas. Tras la comida, después de una mañana tan total, toca relajarse. Se puede pasear por la ciudad para descubrir otros rincones, o seguir viendo arte. Pero esta vez, será un arte diferente.

Nos situamos, una vez más, en la parte antigua, y allí, junto a los monumentos platerescos, hay un precioso palacete modernista, única referencia de este estilo en Salamanca, La Casa Lis. En ella se encuentra el Museo Art-Nouveau y art-Déco que acoge la completa e importantísima colección del mecenas salmantino Manuel Ramos Andrade: vidrios de Gallé y de Loetz, una colección de criselefantinas, incluyendo algunas de Chiparus, joyas de Lalique, la mejor colección de mundo de muñecas de porcelana y pinturas de la Escuela de París.

A la salida se visita la fachada sur, situada sobre el río Tormes, con una escalera doble de piedra y una luminosa galería de hierro y cristal. Y, ya que estamos junto al Tormes, hay que acercarse al Puente Romano para contemplar las vistas más bonitas de Salamanca. Si tenemos la suerte de pillar las horas crepusculares de una tarde otoñal, con seguridad se nos quedara para siempre grabada en la memoria este idílico y maravilloso paseo.

Al día siguiente, al dejar la ciudad nos despedimos de ella recordando las palabras de Cervantes: “Salamanca, que en hechiza la voluntad de volver a ella a todos los que la apacibilidad de su vivienda ha gustado”

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